Los niños sometidos a acoso sufren un tipo de daño clínico que se realimenta del maltrato que reciben recurrentemente, y al que suelen contribuir frecuentemente los educadores y los padres con recurrentes errores y dejaciones a la hora de intervenir y proteger al niño.

Ya hemos indicado las razones por las que es desgraciadamente muy frecuente el intento erróneo de encontrar “como sea” en las víctimas de acoso y violencia escolar rasgos clínicos o características premórbidas que permitan una explicación basada en la “responsabilidad” del niño en la generación de su propio daño.

Percepción equivocada de la víctima

A esta percepción equivocada contribuye decisivamente el hecho de que poco a poco los niños acosados entran en una espiral de daño y reacciones secundarias al hostigamiento que reciben que hacen que sean percibidos por el entorno como verdaderos “causantes” de lo que se les hace.

Padres, orientadores, educadores y profesionales de la salud mental suelen incurrir en el efecto atributivo ya descrito denominado “error básico de atribución” por el que tienden a encontrar en las características, disposiciones internas y rasgos de la víctima la evidencia de que las conductas de hostigamiento tienen una causa en ella.

La evaluación y consecuente calificación del niño acosado como alguien diferente, con necesidades especiales, falto de habilidades sociales, introvertido, neurótico, agresivo, hiperactivo etc… suele ser una forma equivocada de encontrar una causa real y última del problema del acoso y la violencia en las víctimas.

Además de constituir un gravísimo error de evaluación, impropio de profesionales debidamente formados suele ser un factor de distorsión de la realidad que termina desencadenando un auténtico proceso de victimización secundaria.

Indefensión aprendida

Un niño es objeto de acoso y violencia escolar con independencia de sus rasgos o características individuales, y con independencia de sus situaciones familiares o sociales que pueden ser más o menos favorecedoras.

La investigación más rigurosa y actual descarta que sean las características del niño que resulta ser la víctima las que “causan” el problema del acoso y la violencia escolar y apunta a que son mucho más las circunstancias o factores situacionales que pertenecen al entorno educativo las que desencadenan y sobre todo mantienen el problema activo.

Con la aparición de la indefensión aprendida, verdadera causa de todos los cuadros clínicos de los niños acosados, la capacidad intelectual, el rendimiento académico, la estabilidad emocional, la autoestima y la salud del niño van a resultar minados y quedar afectados.

Las alteraciones psicológicas que la misma situación de acoso escolar le ha generado le devuelve al niño que es víctima de acoso una imagen de sí mismo negativa que le confirma que tienen razón aquellos que le acusaban de ser distinto, torpe, inadecuado, estúpido, vago, tonto, débil, frágil, raro, agresivo, insociable, de no valer para nada, etc…

El niño suele terminar aceptando esta imagen negativa de sí mismo que afecta a su autoestima y que consiste básicamente en una tremenda modificación del autoconcepto.

Con una duración suficiente del acoso, efectivamente se transformará en un tipo retraído, un alumno torpe, un mal estudiante, una persona frágil y vulnerable, alguien inestable (está “mal de la cabeza”), un elemento agresivo, conflictivo, repulsivo, asocial, etc….

La víctima finalmente desarrolla sentimientos de culpabilidad y baja autoestima, que le llevan a una creciente introversión social que le aisla aún más de un entorno ya significativamente reducido por la exclusión social propia del acoso.

Los cuadros de acoso ocasionan en muchas víctimas problemas de atención y concentración que llevan a una radical disminución de su rendimiento escolar y que interfieren significativamente en su maduración y su desarrollo intelectual.

El seguimiento de los niños afectados permite observar que los ataques sistemáticos a su imagen o la críticas, burlas o ridiculización que éstos reciben minan sobre todo su autoconcepto y autoimagen.

Los niños acosados ven así destruida su autoestima y generan sentimientos de baja competencia y de autodesprecio evaluables en las escalas clínicas.

Ello es especialmente grave teniendo en cuenta el especial y crucial periodo en su evolución y maduración psicológica que significan tanto la infancia como la adolescencia.

Mutación en las víctimas con el paso del tiempo

Así es como observamos en las víctimas con el paso del tiempo una extraordinaria mutación.

Un niño hasta entonces normal, feliz, o brillante, pasa a ser una sombra de lo que fue anteriormente al acoso.

Se transforma en un niño que cree que todo lo hace mal, que piensa que verdaderamente es un desastre, que tiene una visión pesimista acerca de la vida y que desconfía pervasivamente de las intenciones de los demás.

Termina introyectando las burlas y las acusaciones de inadecuación dando finalmente con un comportamiento alterado errático y extraño, la razón a aquellos que lo acusan en medio de un tipo de profecía que se ha autocumplido.

No resulta extraño desde estas alteraciones psicológicas que algunos de los casos más extremos de acoso y violencia escolar hayan terminado con conductas suicidas de niños que, habiendo sido convencidos por los que los acosan de que “son un error”, terminan quitándose de en medio (eliminando el error) mediante el suicidio.

Consecuencias en la vida adulta

A muchas víctimas de acoso y violencia escolar, el concepto negativo de sí mismos y la baja autoestima les acompañarán de por vida en su adultez, haciendo de ellos presas indefensas, y por ello más fáciles, de ulteriores procesos de victimización en el ámbito laboral, doméstico y social.

Al no haber salido nunca del todo de la espiral de indefensión y daño clínico generados por el proceso de victimización, quedarán inermes, indefensos y paralizados ante el acoso, el abuso, o el maltrato futuros, generalizándose en ellos un daño psicológico cronificado, que se mantendrá activo a largo plazo mediante la persistencia del síndrome de estrés postraumático y sus manifestaciones colaterales.

Otros niños saldrán adelante mediante la formación reactiva que significa adoptar a su vez patrones de comportamiento agresivos y violentos.
De alguna manera habrán aprendido que la mejor manera de defenderse es el ataque preventivo, incorporando actitudes de desconfianza patológica, que fraguarán cuadros autorreferenciales, agresivos y paranoides (Piñuel y Oñate, 2006).

La investigación longitudinal (Olweus, 2003) confirma que muchos acosadores escolares no son sino niños que han resultado muy tempranamente víctimas bien de una violencia extrema en el ámbito familiar o bien de un abandono efectivo de sus necesidades de afecto y apego seguro. Este último grupo no hace sino crecer entre los niños que instigan recurrentemente el acoso contra otros compañeros.

El seguimiento realizado en el tiempo de los acosadores escolares recurrentes ha permitido establecer que un porcentaje relevante de ellos terminarán cometiendo otros delitos antes de los 24 años (Olweus, 2003).

Un grupo específico de víctimas que desarrollan cuadros de estrés postraumático al llegar la adolescencia, constituyen un grupo especial de riesgo en cuanto al consumo y adicción a las drogas, muy especialmente en cuanto al consumo de alcohol.

De ahí que los cuadros de TEPT deben contenerse y evitarse su cronificación.