Fuente: Oñate, A y Piñuel, I: Acoso y violencia escolar en España: Informe CISNEROS X – IEDDI – Madrid 2007.

Repetición de los comportamientos de hostigamiento y estigmatización escolar: latencia y aprendizaje de la indefensión psicológica

Acoso Escolar

Es frecuente que quienes acosan al niño hayan sido manipulados socialmente por el “instigador” del acoso que realimenta de manera deliberada todo el proceso mediante estratagemas que consiguen satanizar o demonizar a la víctima poniendo en su contra a todo el grupo de compañeros.

El instigador intenta aprovechar el incidente que provoca la señal para eliminar a su víctima mediante un linchamiento social y grupal. Es este instigador el que facilita el tránsito de un suceso trivial o puntual (que funciona a modo de señal) a una situación de acoso grupal que resultará sistemática y frecuente y que ocasionará daños en la víctima.

Para ello buscan actuaciones que estigmatizan a sus víctimas ante el grupo: les ponen motes, realizan caricaturas ofensivas, les gritan, chillan o maltratan ostensiblemente y a la vista de todos…. Al hacerlo delante de los demás niños buscan que el grupo de referencia pasen poco a poco de ser meros testigos a ser participantes activos en el proceso de acoso. A muchos de ellos les atenaza el poder del instigador y la posibilidad de ser ellos mismos elegidos como objetivos de la violencia del grupo.

Sin embargo no suele ser el miedo, sino el mimetismo el que arrastrará a la mayoría del grupo al linchamiento unánime del niño acosado que es convertido así en un verdadero chivo expiatorio de su grupo de referencia.

La mayoría se burlará de la víctima, la estigmatizará, se apartará de ella, la motejará por el simple hecho de que… todos los demás lo hacen!

Es esta situación lo más frecuente es que al niño que es víctima de violencias y acoso se le imputen y atribuyan por parte de su entorno escolar, incluido el de los adultos, los rasgos y características que le hacen ser percibido como merecedor de la violencia y el acoso.

Proceso de victimización secundaria

Suele ser el caso habitual de tantas denuncias de situaciones de acoso y violencia escolar en las que los adultos que son quienes deberían proceder a evaluar la situación y poner remedio inmediato a la violencia y el acoso protegiendo a la víctima, incurren en un proceso de victimización secundaria atribuyéndole toda suerte de estigmas psicológicos sociales y familiares que la hacen responsable, cuando no merecedora de lo que le está ocurriendo.

En demasiadas ocasiones se intenta encontrar la causa del acoso en el niño que es víctima de él, produciéndose el demoledor fenómeno de la victimización secundaria. Se le saca de clase para ir a ver al psicólogo, se le señala ante sus padres o demás compañeros como un niño difícil, insociable, agresivo, depresivo, hiperactivo, neurótico que presenta necesidades educativas especiales, que carece de habilidades sociales, que le falta asertividad, (“le agreden porque no sabe defenderse”), y así un sinfín de imputaciones que terminan por ver en la víctima el efecto como la causa.

Así se termina instruyendo el caso de violencia escolar contra un niño mediante la evaluación de lo que ese niño es y no mediante la verificación de las conductas de acoso y violencia que recibe en su entorno escolar a manos de sus compañeros.

El resultado de todos estos errores suele ser el mayúsculo error de presentar el efecto del problema del acoso escolar (los daños generados en el niño) como la causa de éste. Invirtiendo la causalidad se produce la terrible victimización secundaria, se prescinde de la necesaria protección del niño victimizado, y se interviene contra el niño afectado al que de ese modo se le envía el mensaje explícito o tácito de que algo anda mal dentro de él o de que algo incorrecto ha hecho para que todo eso haya ocurrido.

Atmósfera de impunidad para los acosadores

Otro efecto decisivo del enfoque erróneo y de la victimización secundaria en los casos de acoso escolar es la extensión de la atmósfera de impunidad para los acosadores y de la indefensión para las víctimas.

Al no intervenir el centro educativo mediante una efectiva e inmediata protección de la víctima de sus agresores, ésta termina generando indefensión, al constatar una y otra vez cómo quedan impunes y se repiten los comportamientos de acoso y violencia contra ella.

Todo ello constituye un proceso que termina por señalar, marcar, o estigmatizar a la víctima, que termina marginada y aislada socialmente.

LATENCIA Y APRENDIZAJE DE LA INDEFENSIÓN PSICOLÓGICA

El tiempo que pasa una víctima de acoso escolar hasta generar daños psicológicos significativos depende de factores que tienen que ver con sus características individuales y sobre todo del apoyo que recibe de su entorno social y familiar.

La fase de latencia se refiere en la mayoría de los casos de acoso escolar al tiempo que tarda en establecerse y manifestarse el aprendizaje de la indefensión psicológica de la víctima. Es la repetición en el tiempo del acoso y el hecho de que nadie para o detiene en el entorno escolar las agresiones lo que produce en la víctima que se desencadene al aprendizaje de la indefensión.

De la persistencia en el tiempo de este fenómeno se derivarán todos los cuadros psicológicos y psicosomáticos que aparecen en la siguiente fase.

La indefensión aprendida es potenciada por los fenómenos típicos en esta fase de latencia:

  • Alteraciones emocionales que afectan a su esfera de relaciones escolares, sociales y familiares, generando problemas para el niño afectado que no existían anteriormente.
  • Disminución del rendimiento escolar, (debido a los problemas de concentración).
  • Aislamiento social, (los demás empiezan a percibirlo como alguien que no está bien, desquiciado, agresivo, raro…).
  • Alteraciones conductuales (reacciones de pánico, ataques de rabia, llantos o miedo al ir al colegio…).
  • Proyección de su frustración e indefensión en el núcleo familiar y social cercano.
  • Agresividad e incidentes con la familia.
  • Aumento de la conflictividad en el colegio con otros compañeros o profesores.
  • Aumento del absentismo escolar (debido al miedo principalmente).
  • Retraimiento social de la víctima hacia sus padres y amigos (con ello se incrementa aún más la indefensión).
  • Disminución progresiva del apoyo social en el centro educativo debido al abandono de compañeros y amigos que se apartan de la víctima por la estigmatización social propia del miedo y el mecanismo atributivo del “algo habrás hecho”. Todo esto profundiza en el aislamiento social de la víctima.
  • Falta de apoyo y actitud crítica hacia la víctima por parte de los padres, orientadores o profesores que incurren en el error básico de atribución. Al conceptualizarse la situación de acoso como un problema de la víctima y no de los agresores o del centro educativo, disminuye la probabilidad de protegerla de los ataques que recibe en su entorno.
  • Estigmatización social en los demás entornos anexos al educativo. La estigmatización termina afectando a la víctima en el barrio, en el pueblo, en otras actividades extraescolares, a su familia, a sus hermanos, padres, etc…).

La extensión del problema del acoso es creciente y termina afectando y contaminando por círculos concéntricos a los demás órdenes de actividad social en que participa la víctima.

Todos (o un número amplio de compañeros) contra la víctima

En esta fase la unanimidad persecutoria es una de las características más frecuentes y que más despistan a los que tienen que instruir los casos de acoso escolar, sean especialistas o jueces.

Cuando la mayoría de los compañeros terminan sumándose al linchamiento, resulta especialmente difícil defender la inocencia de un niño acosado y el “asesinato psicológico” resulta casi perfecto.

Ese proceso de “todos contra uno” acredita la existencia de una reacción de violencia colectiva típica en todos los procesos de acoso y de los fenómenos de chivo expiatorio.

Es precisamente la unanimidad persecutoria de todos (o un número amplio de compañeros) contra la víctima la que acredita más fehacientemente la existencia de un proceso de acoso verdadero y efectivo.