Desde la muerte de Jokin hasta la más reciente de Diego (11 años), la muerte por suicidio de los niños acosados ha puesto de relevancia la importancia del problema. Sin embargo, varios errores o sesgos contaminan el fenómeno real de la violencia y el acoso escolar:

  • Entender el acoso escolar como una situación límite en que la víctima se encuentra a un paso del precipicio, supone ignorar y restar importancia al proceso previo que dura meses o años. Un “calvario” que uno de cada cuatro escolares sufre recurrentemente en nuestras aulas. Burlarse de otro, insultar, menospreciar o ridiculizar son comportamientos socialmente inaceptables que, deberían encontrar el rechazo de los adultos y la contundencia sancionadora del sistema escolar.
  • Menospreciar la violencia psicológica y social que precede en todos los casos a la violencia física es desconocer la gravedad de las secuelas que el desprecio y la humillación producen en el niño. Entre los posibles daños asociados, no solo se encuentra el autodesprecio y el riesgo de suicidio sino también la ansiedad, la disminución de la autoestima, los cuadros depresivos y el más temible cuadro de estrés post-traumático que, cronificado, se puede arrastrar hasta la vida adulta y afecta al desarrollo social, laboral, intelectual y emocional de quien lo sufre.
  • Exigir la presencia de daños clínicos en la víctima como criterio para diagnosticar la existencia de un cuadro de acoso escolar. Esto no es sino desconocer la naturaleza real del problema del acoso escolar. La evaluación para identificar el acoso escolar ha de basarse en conductas objetivas de hostigamiento que se producen de manera frecuente o habitual, con independencia del daño psicológico ó de la personalidad previa del niño acosado.
  • Aún hoy ante las noticias de los suicidios de Jokin, Arantxa o Diego se afirma que “eran niños especiales”, que no tuvieron astucia o que eran débiles”, ó “que sus familias no les entendieron”, aplicándose de ese modo el sesgo que consiste en el denominado error básico de atribución que pretende encontrar en la víctima la responsabilidad última del maltrato recibido y con ello la evidencia de que las conductas de hostigamiento tienen alguna justificación.

El error básico de atribución ante el acoso escolar

El denominado error básico de atribución no es una respuesta ocasional sino una reacción que sistemáticamente observamos se repite en los casos de acoso escolar, imputándose al niño que es víctima del hostigamiento todo tipo de rasgos, disposiciones y características que le hacen ser percibido como merecedor, responsable o hasta culpable del maltrato que se le inflige.

El entorno escolar, compuesto por adultos que deberían poner la solución al problema, participa en un proceso de revictimización secundaria que hace responsable al niño y a su familia de la situación de hostigamiento.

Frente al mito comúnmente extendido de que la víctima de acoso escolar es débil o presenta algún defecto en su personalidad, hay que recordar los datos procedentes de la investigación que subrayan que el niño que sufre acoso no presenta con anterioridad al proceso un déficit en habilidades sociales, ni presenta baja autoestima, ni le falta asertividad.

Sin embargo en la instrucción de los casos de acoso escolar con demasiada frecuencia el menor que señala o denuncia esta situación se encuentra cuestionado mil veces, teniendo que enfrentarse a la incomprensión e indolencia de numerosos adultos (profesores, tutores, responsables de centros, inspectores, etc…) que intentan por defecto descubrir la mentira, la contradicción, la exageración, o incluso imputan la mala intención o el desequilibrio psíquico a la víctima.

Este “error básico de atribución”, es el fenómeno característico de todos los procesos de victimización que explica porqué los orientadores, profesores y padres tienden, sin ser excesivamente conscientes, a atribuir al niño que es víctima de acoso la responsabilidad de lo que le ocurre, intentando verificar en él los rasgos, características, carencias, déficits actitudinales o conductuales, que le hacen ser merecedor o responsable de alguna forma de la situación de acoso que sufre.

El error básico de atribución tiende a hacer del niño víctima de acoso y violencia escolar un pseudoculpable.

Por ello cuando se detecta un posible caso de acoso escolar, es necesario EVITAR A TODA COSTA CONVERTIR LA INSTRUCCIÓN DEL CASO (interna en el centro educativo o en sede judicial) EN UN PROCESO CONTRA LA FORMA DE SER, LA PERSONALIDAD, LA ACTITUD, O EL ASPECTO DEL NIÑO QUE DENUNCIA ESAS CONDUCTAS.

Esas conductas no tienen ninguna justificación en quien o como es la víctima.

Evaluar o instruir un proceso de acoso no requiere evaluar las características del niño que relata ser víctima de acoso, ni evaluar su equilibrio psicológico o actitudes, sino que requiere verificar y confirmar la existencia de un riesgo para su integridad debido a conductas de hostigamiento y maltrato frecuentes y sistemáticas en su entorno escolar.

No debería ser pues una investigación sobre su personalidad, actitudes o habilidades sino sobre conductas frecuentes de maltrato señaladas o denunciadas.

Los hechos acaecidos suelen consistir en conductas de acoso y violencia que, como tales son susceptibles de observación y registro por otros testigos además del propio niño.

Desgraciadamente suele resultar más cómodo cuestionar al niño que refiere esas conductas que asumir la responsabilidad de verificar y confirmar el caso mediante la observación, la supervisión, el registro y el seguimiento específico de aquellas conductas en un centro educativo.

Es triste observar como ante los casos de acoso escolar se evalúan problemas en la personalidad del niño acosado, o en el estilo de educación de sus padres o en su crecimiento y maduración emocional y afectiva. Este tipo de error atributivo evita tener que adoptar medidas cautelares de protección sobre el niño acosado y de contención y sanción sobre los niños que acosan.

Para evitar este desgraciado fenómeno de revictimización, tan abundantemente extendido en nuestros centros educativos, es necesario proceder con el mayor rigor a establecer y acotar indicadores objetivos de gravedad en relación a conductas de acoso y violencias escolar. Nunca con cargo al diagnóstico clínico del daño que presenta la víctima.

Dicha evaluación clínica del daño de la víctima debe ser experta para estar atenta y no confundir el efecto con la causa del problema. Debe servir para completar la evaluación y monitorizar el riesgo que la situación de acoso y violencia escolar está generando en la salud del niño afectado.